
I.
- ¿Cómo estás hijo?
- Bien padre… gracias
- Has crecido mucho desde la última vez que nos vimos
- Sí… sí…
- ¿Cuántos años tienes ya, hijo?
- Doce
- ¿Doce qué?
- Doce años padre
- Acércate más hijo, para que pueda verte la cara
- ¿Así está bien?
- No, un poco más cerca
- ¿Aquí?
- Si. Aquí está muy bien… ¿Has cometido muchos pecados?
- No…
- Cierra los ojos hijo, y piensa en todos los pecados que has cometido
- …Ya.
- ¿Tan poco has pecado? No, no abras los ojos… Piensa en todos los pecados que has cometido desde la última vez.
En esos tiempos yo no entendía. La iglesia era grande, mucho más que cualquiera que hubiera visto antes. El confesionario estaba situado en una esquina. Arriba había un enorme cuadro que mostraba a un hombre destrozado, muerto, sostenido por otros hombres y mujeres que se veían aún más muertos. Dentro del pequeño cuarto todo era mucho más oscuro.
Cuando me senté por primera vez en la pequeña banca de madera tuve una sensación completamente nueva: me subía desde los pies y se atoraba en mi garganta. Me impedía respirar. Me cegaba con una luz amarilla, me paralizaba los pies y las piernas, me hacía sudar frío y me llenaba los ojos de lágrimas que, sin embargo, nunca conseguían salir. Nunca fuera de ahí sentí lo mismo. Sólo en ese lugar. Y aumentaba con el paso del tiempo.
Yo no entendía, pero cerraba los ojos y pensaba en mis pecados. Apretaba los labios y los dientes. Trataba de concentrarme en lo que había hecho en todos los años que no había visto al padre. Las imágenes que pasaban por mi mente eran lo más importante, lo único. El resto de mi cuerpo no sentía. Era mejor así.
Al final abrí los ojos. El padre me vio con ojos extraños, el rostro le temblaba y su voz era tenue.
- Ahora te puedes ir. Recuerda que los secretos de confesión quedan entre Dios, tú y yo.
- Sí… padre
- Reza cinco padres nuestros y dos Aves Marías. Te espero la semana próxima
Mi madre me esperaba afuera del confesionario. Cuando salí, me preguntó: ¿te sientes bien con Dios ahora? No lo sabía. Ni ella, ni yo, ni dios. Yo sólo la abracé fuerte y pensé en mis pecados. ¡Eran tantos!. Muchos más de los que me había imaginado. No sé cuánto duró la confesión pero a mí me pareció mucho, mucho tiempo.
II.
¿Por qué volví la semana siguiente? No lo sé. Esta vez llegué solo. No podía soportar que mi madre me esperara afuera para preguntarme. Los pecados de confesión deben quedarse guardados entre Dios, el padre y yo. Las madres no están invitadas. ¿Por qué volví? No lo sé, pero no fue sólo esa semana, sino la siguiente, y la siguiente y la siguiente.
El padre me esperaba en el confesionario oscurísimo. Mi sensación era casi insoportable. Temblaba. Con el paso del tiempo descubrí que él también temblaba, pero de una forma distinta. Sus ojos se llenaban de tristeza, pero también tenían otro brillo. Yo no podía verlo a la cara. Todo se volvía inaguantable cuando nuestras miradas se cruzaban. Prefería ver al cuadro con el Cristo muerto, que, sin embargo, también sufría.
Cada vez que me veía llegar me llenaba de preguntas.
- ¿Has hablado a tu padre de tus encuentros con Dios?
- No, padre
- ¿A tu madre?
- No, padre
- ¿A alguien más?
- A nadie, padre.
- Bien. ¿Cuántos pecados has cometido esta semana?
- Muchísimos, padre
- Eso está muy mal. ¿Fueron más que la semana pasada?
- Sí… Cada semana son más
- Muy mal, muy mal. Ahora cierra los ojos y piensa en ellos, y no los abras hasta que hayas terminado.
- Sí padre.
No tendría que haberse preocupado. Mis pestañas estaban unidas con pegamento más fuerte del mundo. Aunque quisiera, no las podría haber abierto. Y tampoco quería.
III.
En la escuela me sentía extraño. Veía a mis compañeros con una mezcla de resentimiento y desdén. Jugaban. Fútbol, canicas, carreras. Yo antes jugaba también pero ya no. Ahora sabía algo más que ellos. Eso me hacía superior. Más viejo. Pero no lo disfrutaba. Me contentaba con mirarlos con ojos resentidos y desdeñosos, pero abiertos. Muy abiertos. Tanto como cerrados estaban debajo de las grandes bóvedas, entre las cuatro paredes de madera que forman el pequeñísimo cuarto con las barreritas abiertas entre el padre y yo.
En ese tiempo me divertía viendo las paredes de piedra. Podía pasar horas tratando de descubrir los senderos que se formaban entre las protuberancias de la roca e dibujando con la mente las fantasmales caras que asomaban de tanto en tanto. Eran infinitos. Los senderos y las caras se confundían frente a mis pupilas hasta que aparecían de nuevo, distintos. Largos cortos, alegres y tristes. Más cortos que largos y más tristes que alegres. Pero no podía hacer nada al respecto. Era la roca la encargada de formar las caras y dibujar los senderos. Mis ojos solo interpretaban.
Mi madre se preocupaba. Cada tanto me preguntaba si me pasaba algo. No mamá, no me pasa nada, te lo juro, sí, te lo juro por Dios.
Cuando me despertaba me veía en el espejo. Cada día descubría cosas nuevas. Bolitas debajo de las ingles. Granitos en los brazos. El ojo derecho rojo y el izquierdo amarillo. Me estaba muriendo. Un día tenía cáncer, al otro neumonía. Me iba a morir pronto, lo sabía y sólo buscaba el primer síntoma. No me costaba trabajo encontrarlo.
A medida que pasaba el tiempo los viernes en la iglesia se volvían más importantes.
IV.
Pasaron los años. Mi cara y mi cuerpo se acercaban cada vez más a los del hombre del cuadro. El padre no lo notaba. Para él sólo eran importantes mis pecados. Cada semana me preguntaba cuántos había cometido. El ritual comenzaba otra vez.
Mi hermano murió un jueves. Una enfermedad extraña, dijeron. La ira de Dios, pensé. Ese día vi, por primera vez, al padre fuera del confesionario. Sus manos me abrazaron de un modo distinto. Al irse me dijo “no vayas a faltar mañana”. No lo hice. Mis pecados eran más graves que nunca. Necesitaba ser perdonado. Tenía que ver los sufrimientos del hombre en la pintura y redescubrir en sus ojos el dolor de los míos. Sólo así sabría que no estaba solo.
Durante las semanas siguientes mi madre apenas me habló. Sabía que había sido mi culpa. ¿Por qué no me llevó a la iglesia antes? Eso nos podría haber salvado a todos. Tarde tras tarde me encerraba en mi cuarto y lloraba mi remordimiento. Sólo salía en las mañanas para ir a la escuela. Era un trámite automático. Me sentaba, apuntaba y regresaba a mi espacio de tres metros entre cuatro paredes. Ya no sabía siquiera el nombre de mis compañeros. Veía sus caras y analizaba sus faltas. Tenían que ser menores que las mías. ¡Se les veía tan contentos! Quizás lo que pasaba era que no les importaba. ¡Incrédulos hijos de puta! ¡Arderán en las llamas del infierno!. No. Lo haré yo, por blasfemo. Y todavía faltan cuatro días para mi confesión del viernes.
En el templo volvía a ser el mismo de antes. Regresaba el miedo asfixiante. La oscuridad. Los ojos del padre, brillantes y acusadores. Mis pensamientos al cerrar los ojos. Mis pasos al salir del confesionario, lentos e irregulares. La sangre. Los pañuelos para limpiarla y que nadie lo supiera. El dolor, que pasaba al cabo de unas horas. La muerte, como un descanso. Poner punto final a la miserable vida de los hijos de Dios sobre la tierra. El paraíso anhelado. ¿El padre estaría ahí también? Mis palabras confiaban en que sí, pero mi mente rogaba que no. Los viernes no podían formar parte de la eternidad.
V.
Un día falté a la iglesia. Nunca, desde hacía tantos años, lo había hecho. Mis enfermedades decidieron atacarme todas a la vez y me impidieron salir de la cama. Intenté arrastrarme hacia la puerta pero mi madre me detuvo. Era la primera vez que me hablaba en meses. Hoy no vas a ir hijo, no estás en condiciones. Te vas a quedar en la cama. Yo luché, en vano. Mis fuerzas me abandonaron. Perdí el conocimiento y desperté bajo las sábanas.
Cuando abrí los ojos un intenso rayo de luz me mantuvo en la ceguera. ¿Acaso los viernes sale el sol? ¿Acaso hay algo más fuera del sombrío edificio de piedra, el cuadro del hombre muerto y el pequeño cubo de madera que ocupaba mi mente todos los días? ¿Podría ser que mis pecados se evaporaran al contacto con el aire? ¿Que hubiera otra salida al miedo y al brillo en los ojos del padre?
Traté de levantarme y lo hice sin dificultad. ¡Qué sorpresa! Unas horas antes no podía mover un dedo. Caminé por mi cuarto. ¡Era tan bello! ¡Tan luminoso! Nunca me había dado cuenta.
Mi madre no estaba, así que pude salir de la casa. Mis pasos se dirigieron instintivamente hacia el templo, aunque mi mente trataba de llevarme hacia cualquier otro lado. Había cerrado ya. Toqué la puerta y no hubo respuesta. Recorrí el camino de salida que tarde tras tarde tiritaba al salir de la Iglesia. Mis pasos eran más firmes que nunca.
Caía la noche. El viento frío lamía mi piel y me provocaba una sensación agradable. No tenía nada que ver con la que producía el contacto de los dedos grandes y toscos. Nada que ver.
¿Había pecado alguna vez? No lo recordaba. ¿Qué es un pecado? Corrí hasta que mis débiles piernas me pidieron un descanso. Luego me acosté sobre la hierba de una banqueta. Comí el pasto que me servía de lecho. Era dulce. Me levanté y caminé en medio de una gran avenida. No pasaba ningún coche. A mis lados, trescientos metros me separaban de los edificios. Ahí perdí la memoria. Quién sabe cuánto tiempo habré vagado por la ciudad, que hasta entonces no conocía. Quién sabe cuánto tiempo tardé en borrar para siempre cada viernes de los últimos miles de años.
Lo que sí sé es lo que sentí cuando, sin darme cuenta, di la vuelta por un callejón. Cuando recuperé la conciencia y observé al hombre que tenía enfrente. Cuando me dijo, con la voz que tan de sobra conocía: “¿Cómo estás hijo? ¿Por qué no fuiste a la iglesia el día de hoy? No vayas a faltar el próximo viernes o Dios no perdonará tus pecados.”
Por eso tomé el pedazo de madera. No podía soportar la idea de ver pintados mis ojos de sufrimiento. De sofocarme con las lágrimas que nunca pudieron salir. De querer correr y, sin embargo, quedarme inmóvil, paralizado por el terror. De morir en vida y nunca conocer el paraíso.
Por eso golpeé con todas mis fuerzas. Por eso le di en la cabeza y una vez en el suelo, destrocé a tablazos esas manos que, lo juro por Dios, nunca más volverán a ser usadas para perdonar los pecados de un pobre niño como yo.
Toda mi vida, he considerado el periodismo deportivo como algo pasajero, una preparación para lo que realmente quisiera ser: escritor de ficción. En los últimos años, con más o menos regularidad, he escrito varios cuentos y empezado tres novelas, que siguen esperando mi tiempo y disciplina. Curiosamente, sólo una de esas historias está relacionada con el futbol. Fue el primer cuento que escribí con cierta seriedad, cuando tenía unos 20 ó 21 años. Lo había dejado olvidado por ahí, pero lo volví a encontrar, y ahora lo publico aquí. Espero que les guste.