November 22, 2011
¿Cómo estás, hijo?

I.

¿Cómo estás hijo?

- Bien padre… gracias

- Has crecido mucho desde la última vez que nos vimos

- Sí… sí…

- ¿Cuántos años tienes ya, hijo?

- Doce

- ¿Doce qué?

- Doce años padre

- Acércate más hijo, para que pueda verte la cara

- ¿Así está bien?

- No, un poco más cerca

- ¿Aquí?

- Si. Aquí está muy bien… ¿Has cometido muchos pecados?

- No…

- Cierra los ojos hijo, y piensa en todos los pecados que has cometido

- …Ya.

- ¿Tan poco has pecado? No, no abras los ojos… Piensa en todos los pecados que has cometido desde la última vez.

 

En esos tiempos yo no entendía. La iglesia era grande, mucho más que cualquiera que hubiera visto antes. El confesionario estaba situado en una esquina. Arriba había un enorme cuadro que mostraba a un hombre destrozado, muerto, sostenido por otros hombres y mujeres que se veían aún más muertos. Dentro del pequeño cuarto todo era mucho más oscuro.

Cuando me senté por primera vez en la pequeña banca de madera tuve una sensación completamente nueva: me subía desde los pies y se atoraba en mi garganta. Me impedía respirar. Me cegaba con una luz amarilla, me paralizaba los pies y las piernas, me hacía sudar frío y me llenaba los ojos de lágrimas que, sin embargo, nunca conseguían salir. Nunca fuera de ahí sentí lo mismo. Sólo en ese lugar. Y aumentaba con el paso del tiempo.

Yo no entendía, pero cerraba los ojos y pensaba en mis pecados. Apretaba los labios y los dientes. Trataba de concentrarme en lo que había hecho en todos los años que no había visto al padre. Las imágenes que pasaban por mi mente eran lo más importante, lo único. El resto de mi cuerpo no sentía. Era mejor así.

Al final abrí los ojos. El padre me vio con ojos extraños, el rostro le temblaba y su voz era tenue.

- Ahora te puedes ir. Recuerda que los secretos de confesión quedan entre Dios, tú y yo.

- Sí… padre

Reza cinco padres nuestros y dos Aves Marías. Te espero la semana próxima

Mi madre me esperaba afuera del confesionario. Cuando salí, me preguntó: ¿te sientes bien con Dios ahora? No lo sabía. Ni ella, ni yo, ni dios. Yo sólo la abracé fuerte y pensé en mis pecados. ¡Eran tantos!. Muchos más de los que me había imaginado. No sé cuánto duró la confesión pero a mí me pareció mucho, mucho tiempo.

 

II.

¿Por qué volví la semana siguiente? No lo sé. Esta vez llegué solo. No podía soportar que mi madre me esperara afuera para preguntarme. Los pecados de confesión deben quedarse guardados entre Dios, el padre y yo. Las madres no están invitadas. ¿Por qué volví? No lo sé, pero no fue sólo esa semana, sino la siguiente, y la siguiente y la siguiente.

El padre me esperaba en el confesionario oscurísimo. Mi sensación era casi insoportable. Temblaba. Con el paso del tiempo descubrí que él también temblaba, pero de una forma distinta. Sus ojos se llenaban de tristeza, pero también tenían otro brillo. Yo no podía verlo a la cara. Todo se volvía inaguantable cuando nuestras miradas se cruzaban. Prefería ver al cuadro con el Cristo muerto, que, sin embargo, también sufría.

 

Cada vez que me veía llegar me llenaba de preguntas.

- ¿Has hablado a tu padre de tus encuentros con Dios?

- No, padre

- ¿A tu madre?

- No, padre

- ¿A alguien más?

- A nadie, padre.

- Bien. ¿Cuántos pecados has cometido esta semana?

- Muchísimos, padre

- Eso está muy mal. ¿Fueron más que la semana pasada?

- Sí… Cada semana son más

- Muy mal, muy mal. Ahora cierra los ojos y piensa en ellos, y no los abras hasta que hayas terminado.

- Sí padre.

 

No tendría que haberse preocupado. Mis pestañas estaban unidas con pegamento más fuerte del mundo. Aunque quisiera, no las podría haber abierto. Y tampoco quería.

 

III.

En la escuela me sentía extraño. Veía a mis compañeros con una mezcla de resentimiento y desdén. Jugaban. Fútbol, canicas, carreras. Yo antes jugaba también pero ya no. Ahora sabía algo más que ellos. Eso me hacía superior. Más viejo. Pero no lo disfrutaba. Me contentaba con mirarlos con ojos resentidos y desdeñosos, pero abiertos. Muy abiertos. Tanto como cerrados estaban debajo de las grandes bóvedas, entre las cuatro paredes de madera que forman el pequeñísimo cuarto con las barreritas abiertas entre el padre y yo.

En ese tiempo me divertía viendo las paredes de piedra. Podía pasar horas tratando de descubrir los senderos que se formaban entre las protuberancias de la roca e dibujando con la mente las fantasmales caras que asomaban de tanto en tanto. Eran infinitos. Los senderos y las caras se confundían frente a mis pupilas hasta que aparecían de nuevo, distintos. Largos cortos, alegres y tristes. Más cortos que largos y más tristes que alegres. Pero no podía hacer nada al respecto. Era la roca la encargada de formar las caras y dibujar los senderos. Mis ojos solo interpretaban.

Mi madre se preocupaba. Cada tanto me preguntaba si me pasaba algo. No mamá, no me pasa nada, te lo juro, sí, te lo juro por Dios.

Cuando me despertaba me veía en el espejo. Cada día descubría cosas nuevas. Bolitas debajo de las ingles. Granitos en los brazos. El ojo derecho rojo y el izquierdo amarillo. Me estaba muriendo. Un día tenía cáncer, al otro neumonía. Me iba a morir pronto, lo sabía y sólo buscaba el primer síntoma. No me costaba trabajo encontrarlo.

A medida que pasaba el tiempo los viernes en la iglesia se volvían más importantes.

 

IV.

Pasaron los años. Mi cara y mi cuerpo se acercaban cada vez más a los del hombre del cuadro. El padre no lo notaba. Para él sólo eran importantes mis pecados. Cada semana me preguntaba cuántos había cometido. El ritual comenzaba otra vez.

Mi hermano murió un jueves. Una enfermedad extraña, dijeron. La ira de Dios, pensé. Ese día vi, por primera vez, al padre fuera del confesionario. Sus manos me abrazaron de un modo distinto. Al irse me dijo “no vayas a faltar mañana”. No lo hice. Mis pecados eran más graves que nunca. Necesitaba ser perdonado. Tenía que ver los sufrimientos del hombre en la pintura y redescubrir en sus ojos el dolor de los míos. Sólo así sabría que no estaba solo.

Durante las semanas siguientes mi madre apenas me habló. Sabía que había sido mi culpa. ¿Por qué no me llevó a la iglesia antes? Eso nos podría haber salvado a todos. Tarde tras tarde me encerraba en mi cuarto y lloraba mi remordimiento. Sólo salía en las mañanas para ir a la escuela. Era un trámite automático. Me sentaba, apuntaba y regresaba a mi espacio de tres metros entre cuatro paredes. Ya no sabía siquiera el nombre de mis compañeros. Veía sus caras y analizaba sus faltas. Tenían que ser menores que las mías. ¡Se les veía tan contentos! Quizás lo que pasaba era que no les importaba. ¡Incrédulos hijos de puta! ¡Arderán en las llamas del infierno!. No. Lo haré yo, por blasfemo. Y todavía faltan cuatro días para mi confesión del viernes.

En el templo volvía a ser el mismo de antes. Regresaba el miedo asfixiante. La oscuridad. Los ojos del padre, brillantes y acusadores. Mis pensamientos al cerrar los ojos. Mis pasos al salir del confesionario, lentos e irregulares. La sangre. Los pañuelos para limpiarla y que nadie lo supiera. El dolor, que pasaba al cabo de unas horas. La muerte, como un descanso. Poner punto final a la miserable vida de los hijos de Dios sobre la tierra. El paraíso anhelado. ¿El padre estaría ahí también? Mis palabras confiaban en que sí, pero mi mente rogaba que no. Los viernes no podían formar parte de la eternidad.

 

V.

Un día falté a la iglesia. Nunca, desde hacía tantos años, lo había hecho. Mis enfermedades decidieron atacarme todas a la vez y me impidieron salir de la cama. Intenté arrastrarme hacia la puerta pero mi madre me detuvo. Era la primera vez que me hablaba en meses. Hoy no vas a ir hijo, no estás en condiciones. Te vas a quedar en la cama. Yo luché, en vano. Mis fuerzas me abandonaron. Perdí el conocimiento y desperté bajo las sábanas.

Cuando abrí los ojos un intenso rayo de luz me mantuvo en la ceguera. ¿Acaso los viernes sale el sol? ¿Acaso hay algo más fuera del sombrío edificio de piedra, el cuadro del hombre muerto y el pequeño cubo de madera que ocupaba mi mente todos los días? ¿Podría ser que mis pecados se evaporaran al contacto con el aire? ¿Que hubiera otra salida al miedo y al brillo en los ojos del padre?

Traté de levantarme y lo hice sin dificultad. ¡Qué sorpresa! Unas horas antes no podía mover un dedo. Caminé por mi cuarto. ¡Era tan bello! ¡Tan luminoso! Nunca me había dado cuenta.

Mi madre no estaba, así que pude salir de la casa. Mis pasos se dirigieron instintivamente hacia el templo, aunque mi mente trataba de llevarme hacia cualquier otro lado. Había cerrado ya. Toqué la puerta y no hubo respuesta. Recorrí el camino de salida que tarde tras tarde tiritaba al salir de la Iglesia. Mis pasos eran más firmes que nunca.

Caía la noche. El viento frío lamía mi piel y me provocaba una sensación agradable. No tenía nada que ver con la que producía el contacto de los dedos grandes y toscos. Nada que ver.

¿Había pecado alguna vez? No lo recordaba. ¿Qué es un pecado? Corrí hasta que mis débiles piernas me pidieron un descanso. Luego me acosté sobre la hierba de una banqueta. Comí el pasto que me servía de lecho. Era dulce. Me levanté y caminé en medio de una gran avenida. No pasaba ningún coche. A mis lados, trescientos metros me separaban de los edificios. Ahí perdí la memoria. Quién sabe cuánto tiempo habré vagado por la ciudad, que hasta entonces no conocía. Quién sabe cuánto tiempo tardé en borrar para siempre cada viernes de los últimos miles de años.

Lo que sí sé es lo que sentí cuando, sin darme cuenta, di la vuelta por un callejón. Cuando recuperé la conciencia y observé al hombre que tenía enfrente. Cuando me dijo, con la voz que tan de sobra conocía: “¿Cómo estás hijo? ¿Por qué no fuiste a la iglesia el día de hoy? No vayas a faltar el próximo viernes o Dios no perdonará tus pecados.”

Por eso tomé el pedazo de madera. No podía soportar la idea de ver pintados mis ojos de sufrimiento. De sofocarme con las lágrimas que nunca pudieron salir. De querer correr y, sin embargo, quedarme inmóvil, paralizado por el terror. De morir en vida y nunca conocer el paraíso.

Por eso golpeé con todas mis fuerzas. Por eso le di en la cabeza y una vez en el suelo, destrocé a tablazos esas manos que, lo juro por Dios, nunca más volverán a ser usadas para perdonar los pecados de un pobre niño como yo.

November 22, 2011
El frente de batalla

Toda mi vida, he considerado el periodismo deportivo como algo pasajero, una preparación para lo que realmente quisiera ser: escritor de ficción. En los últimos años, con más o menos regularidad, he escrito varios cuentos y empezado tres novelas, que siguen esperando mi tiempo y disciplina. Curiosamente, sólo una de esas historias está relacionada con el futbol. Fue el primer cuento que escribí con cierta seriedad, cuando tenía unos 20 ó 21 años. Lo había dejado olvidado por ahí, pero lo volví a encontrar, y ahora lo publico aquí. Espero que les guste.

I.

En las listas de los muertos sus nombres no aparecieron nunca. Como tantos otros, quedaron incógnitos, sepultados por cataratas de llanto y gritos de angustia. Cerraron los ojos por última vez después de la tormenta. Pero ese no fue el día más importante de su vida, sino el anterior. Por él hubieran sido capaces de vivirlo todo, y no lo hubieran cambiado por nada en el mundo.

II.

— ¡Estoy captando una señal de radio del otro lado de la trinchera!

El capitán F. corrió hacia el telégrafo mientras los demás seguían en el frente. Cuando llegó, estaban descifrando el mensaje, transmitido en clave Morse.

— Es del enemigo.

Era la primera vez que se comunicaban desde el inicio de las batallas. El telegrafista terminó de escribir el significado de los puntos y las rayas y se lo pasó al capitán. Éste lo abrió y soltó una carcajada.

— ¡La quieren de regreso!

Los telegrafistas rieron con él.

— ¡Están locos!

El anochecer obligó a los soldados a volver a sus trincheras.

III.

— ¿Y si los retamos?

— ¿Cómo?

— Nosotros, ellos. El que gane, se la queda.

El telegrafista mandó el desafío. Después, a esperar.

Pasaron dos días. El reto era repetido cada noche, pero no había respuesta. Por fin, los sonidos de la clave morse repiquetearon en los audífonos del operador.

“Aceptamos el reto. Mañana enviamos mensaje para establecer los parámetros”

El capitán leyó el mensaje, lo apretó en su mano y se sentó en la orilla de la trinchera. La guerra recomenzaba, la más importante de todas. Había pasado mucho tiempo, pero en su mente, el pasado había perdido forma, era del ancho de una hoja de papel, en la que los recuerdos se habían acercado tanto que era casi posible tocarlos.

Cerró los ojos, y, por primera vez en semanas, se sentó en la misma posición que se le había hecho habitual cuando todo comenzó.

IV.

El capitán F. sufría. Sentado en la trinchera, como todos los días, desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. Miraba hacia arriba, buscando en las estrellas una luz inexistente bajo la tierra. Hacía tiempo ya desde que se había escuchado en el cielo el serpenteante silbido de los obuses, luminosos como cometas. Habían pasado meses y meses desde que la resistencia era contra el aburrimiento.

Los gritos de desesperación, las terribles masacres y las caras contorsionadas por la angustia de la muerte se habían transformado en un recuerdo lejanísimo, perdido entre laberintos subterráneos y eternas jornadas en el lodo.

A veces, el capitán F. cerraba los ojos y se imaginaba emergiendo de la tierra y corriendo, ciego y desesperado, hacia el enemigo. Casi podía escuchar el tronar de los disparos que seguirían, sentir el golpe súbito en la carne y palpar la oscuridad eterna que mataría el tedio. La libertad. De la comida repugnante, de la picazón, y de las brevísimas horas de sueño. Del maldito barro que se metía en la nariz, en las orejas, en los genitales, entre los glúteos y nada podía sacarlo. Del olor, del espantoso olor, a muertos, sangre y sudor. A pólvora no, porque hacía meses que no se disparaba una bala. Las municiones se habían acabado para los dos bandos y no parecía cercano el día en que llegaran repuestos.

Al principio de la guerra, todo parecía perdido.Los países vecinos cayeron rápidamente, pero el suyo resistió. El capitán F. recordaba los combates, las victorias y las derrotas, las alegres celebraciones y las penosas retiradas. Pensaba en los muertos, de uno y otro bando. Pensaba que el triunfo era más importante. Si le tocaba a él, sería el destino, todo fuera por vencer al enemigo.

Pero ahora no había batallas, los laberintos de tierra apisonada ocupaban el espacio en el que las tropas se habían enfrentado meses atrás. La guerra era una inmovilidad pantanosa e inútil.

Y así, día tras día, el capitán F. sufría. No hacía nada por evitarlo. Había perdido la noción del tiempo en las trincheras y vivía en un interminable sopor en el que las horas se habían perdido y no podían ser encontradas.

Estaba a la mitad de ese sueño frustrado cuando escuchó, muy cerca, un sonido que conocía. Era el de un cuerpo que caía sobre el lodo. Se levantó lentamente, con las articulaciones doloridas por la inmovilidad, a investigar qué había pasado. Llamo a S., su ayuda de campo. No hubo respuesta. Caminó con cuidado. Miró alrededor. La noche era muy oscura. No encontró nada. Volteó hacia atrás. Buscó con los ojos al compañero caído y palpó con las manos el suelo invisible.

Por fin, al dar la vuelta a una esquina de la trinchera, la vio. Ahí estaba tirada, cubierta por el lodo, una cabeza redonda. El capitán F. se acercó, preparado ya para el horrible espectáculo habitual y la movió con el pie. La cabeza rodó y descubrió su verdadera naturaleza. Nunca había pertenecido a cuerpo alguno. Nunca había estado posada sobre dos hombros. Era, en realidad, una pelota de fútbol. Rojo sangre. De piel, pero no humana, sino de vaca. Un balón profesional. Igual que el que se había utilizado en las Olimpiadas del 12.

F. la tomó en sus manos y dejó de ser soldado. Se transformó en lo que había sido hasta antes de la guerra: el centerhalf de la selección francesa. Recordó los pases de Jacquot, las atajadas de Gilles y los mortíferos remates de Meicel. Se acordó de sus propias carreras para vencer a las defensas rivales.

Dejó caer el balón sobre su pie derecho y comenzó a dominarlo. Pesaba. Más aún para su pie, desacostumbrado a tocarlo. Se le cayó. Lo levantó con la punta y lo pasó al muslo. Lo golpeó varias veces. Recuperaba la habilidad. Se agachó y lo recogió con la cabeza. Dolía. El lodo se le metió a los ojos y dejó caer la pelota. La buscó a ciegas con el pie, y sólo una vez que la hubo encontrado se detuvo a limpiarse.

Así murió el tedio. La mente del centerhalf F. despertó por fin. ¿De dónde había salido esa pelota? No era de ninguno de sus compañeros, sin duda. La habría visto. Sólo quedaba una respuesta: el enemigo.

Así que eso era. Mientras nosotros nos llenábamos de tierra en las trincheras, ellos jugaban fútbol. ¿Cómo no lo había pensado antes? Pero ahora las cosas habían cambiado. Era él quien tenía la pelota. La dejó en el suelo y la pateó contra la pared, una, varias veces, con el pie izquierdo, con el derecho, con la punta y el talón.

Volvió a llamar a su ayuda de campo. A lo lejos, se oyó una respuesta fastidiada. Gritó una vez más. La misma respuesta. Se acercó al lugar de donde venía la voz. Dejó el balón en el suelo y lo pateó con todas sus fuerzas hacia delante. Un segundo de silencio, un golpe y una maldición. “¡Mierda! ¡Qué es esto! “

F. se acercó corriendo como un niño. “Es una pelota maldita sea. ¡Vamos a jugar fútbol!” S. siguió maldiciendo. De pronto, con una luz de venganza en sus ojos, pateó el balón hacia su capitán. F. esquivó el disparo con una velocidad sorprendente para alguien que no se había movido en meses. La pelota rebotó en el muro. El antiguo centerhalf de la selección francesa la controló con el pie y corrió hacia su compañero. Éste trató, sin ningún éxito, de arrebatársela durante más de cinco minutos. Increíble, en la trinchera sólo había un espacio de cuatro metros de ancho. Cuando S., con una peligrosa barrida, consiguió por fin hacerse con el balón, los dos hombres se miraron inmóviles. Sonrieron y, cansados, se sentaron a hablar.

-           ¿De dónde salió?

-           Es de ellos, tiene que ser de ellos

-           Nuestra no es, seguro

-           Tenemos que hacer un equipo

-           ¿Pero dónde vamos a jugar?

-           Atrás de las trincheras

-           Atrás… Sí, no se me había ocurrido. Como siempre queremos ir hacia delante.

Al día siguiente, ya se habían puesto de acuerdo. Cincuenta soldados corrían tras la pelota como si les fuera la vida en ello. Las pocas veces que podía tocarla, F. la acariciaba. Era el mejor de todos. Burlaba a uno, a dos, el tercero lo golpeaba. No había árbitro así que el partido seguía. Cuando mejor estaba el juego apareció uno de los telegrafistas que corrió rumbo al centerhalf del equipo atacante: los alemanes querían su balón de regreso.

V.

Durante las semanas siguientes, a diario se organizaban encuentros detrás de las trincheras. Poco a poco se habían formado equipos entre los soldados. Se jugaba ya 11 contra 11 y los partidos se programaban con dos horas de diferencia entre uno y otro. F. se sorprendió de encontrar entre su regimiento a Carnot, antiguo portero del equipo francés y a Mascaille, centerback del Racing de París. Cada uno jugaba en equipos distintos y los matches eran cada vez más disputados.

Entretanto, los alemanes no dejaban de mandar mensajes, para que su pelota les fuera devuelta. En un principio la pedían muy cordialmente, después, con amenazas. Decían que la tomarían por la fuerza. Los franceses se reían cada vez con más gusto. Estaban ganando la guerra, su guerra.

Todo parecía divertido hasta que una mañana la pelota no apareció. Nadie sabía dónde estaba. Los franceses se echaban la culpa unos a otros hasta que la verdad salió a relucir. El último mensaje alemán no era violento ni ofensivo, era burlón. En la noche, mientras todos dormían, tres soldados del Kaiser se habían infiltrado a la trinchera para recuperar su balón. Nadie se dio cuenta. Los meses de aburrimiento comenzarían otra vez.

Entre los lamentos y la furia, surgió una idea.

— ¡Vamos a retarlos!

VI.

Cuando F. recibió el mensaje no lo podía creer. Sven Rahn era una leyenda. El mejor portero del mundo.

-           No sabía que estaba en la guerra

Alguna vez había jugado contra Rahn. Fue un Francia- Alemania en Amberes. Los germanos habían ganado ocho a cero. Rahn había detenido dos penalties, uno de ellos tirado por F. Después del partido, el público alemán había sacado en hombros a su portero.

Los franceses se dispusieron a jugar el partido, pero parecían derrotados de antemano. No era sólo Rahn, en el ejército alemán, habían aparecido, por arte de magia, ocho seleccionados alemanes.

Para sorpresa de F., el desánimo pronto se disipó: la sola idea de quedarse sin pelota durante los larguísimos tiempos que seguirían los animaba a intentarlo.

L. fue designado entrenador. Era quien había lanzado el desafío y no jugaba porque en la cancha apenas sabía poner un pie delante del otro. F. mantuvo su rango en el equipo. Sería el capitán. Con excepción de los dos ex profesionales, el resto del equipo era razonablemente bueno, pero no suficiente.

Así, decidieron entrenar una estrategia poco común. Jugarían a la defensiva. Tratarían de alejar la pelota lo más posible de la portería de Carnot y lanzarían largos pases a F. para que, con su velocidad, lograra anotar el gol del triunfo.

El partido se acercaba. Los dos entrenadores -en clave morse- se pusieron de acuerdo sobre el lugar donde colocarían la cancha. Sería en la zona de nadie, 300 metros desolados que separaban las trincheras. Los alemanes habían construido porterías, y las líneas serían marcadas con la cal que se utilizaba para secar el lodo. Se estableció una tregua inútil pero simbólica, no podía haber ataques el día antes y el día después del juego. Por orgullo o por olvido, nadie hizo referencia a que, de cualquier modo, no tenían municiones. Todos los soldados tendrían permitido ver el partido con la condición de que al llegar y al irse saludaran de mano a sus oponentes. El árbitro fue más difícil. Cada bando quería que fuese uno de los suyos. Al final, los alemanes propusieron a un prisionero belga que habían capturado meses atrás. Los franceses aceptaron. Por último, decidieron que el partido se jugaría a las 4 de la tarde, que los alemanes vestirían de blanco y los franceses de rojo. Eran los únicos colores disponibles.

La víspera del juego, hubo que arreglar la cancha. Al principio, los soldados se acercaban tímidamente a la zona entre las trincheras. Cuando quedó claro que la tregua sería respetada comenzaron a trabajar en conjunto para acondicionar el terreno. Los alemanes trajeron las porterías, los franceses la cal. Buscaron un lugar más o menos plano para acomodarse y lo encontraron. Pintaron las líneas y acomodaron los postes. Al anochecer se despidieron con abrazos.

V.

El día amaneció lluvioso. Como un presagio de la suerte que les esperaba, los franceses calentaron los músculos limpiando, una vez más, el lodo de las trincheras. A mediodía, la lluvia amainó y los 11 seleccionados pudieron, por fin, concentrarse en el juego. La táctica sería la planeada, S. habló con cada uno de los jugadores para que no olvidara las instrucciones. El capitán F. aconsejó a sus compañeros que no intentaran disparar de lejos. Rahn era impasable. La única posibilidad era fusilarlo desde un par de metros. Los jugadores escuchaban muy serios. Iban a disputar una batalla. La guerra se había reducido a noventa minutos, veintidós piernas y una pelota: el objeto del deseo.

Por fin, a las 3:30 todos los soldados, jugadores o no, se dirigieron a la zona en otro tiempo prohibida. Cuando llegaron, sucedió lo increíble. Tanto tiempo de lucha, tantas balas, tanta sangre, tantas lágrimas, tantos muertos, los habían hecho olvidarse de que eran hombres. Súbitamente, se acordaron. Después del apretón de manos de rigor, no pudieron soportar las ganas de reír carcajadas y de hacer bromas, de ver la cara del enemigo y conversar con él, aunque sólo fuera con gestos. Vivieron el presente, con la certeza de que a cada minuto le seguiría otro igual, tesoro invaluable en tiempos de guerra.

Por fin, con quince minutos de retraso, Michel Ancénis, campesino belga, hizo sonar su silbato y dio inicio al juego. Los hombres se habían retirado a los costados de la cancha y habían recuperado su nacionalidad. Los franceses apoyaban a su equipo, los alemanes al suyo.

Al principio, el equipo alemán fue una tromba. La retaguardia francesa veía cómo la artillería rival la acribillaba a balonazos. El flanco derecho comenzaba a ser vulnerado y los obuses pasaban cada vez más cerca del marco de Carnot.

Diez minutos después, la situación era desesperada. Incluso F., el único atacante del equipo, tenía que retroceder para detener las ofensivas alemanas.

Cuando la derrota parecía inminente, la táctica francesa comenzó a rendir frutos. El sistema ultradefensivo propuesto por L. cerró los espacios. Los alemanes ya no podían seguir con sus ofensivas. Schade su mejor atacante, se desesperaba porque la pelota no le llegaba. Baptiste y Rasoir le impedían acercarse. Los tibios disparos de los mediocampistas eran fácilmente controlados por Carnot. Lo peor había pasado.

El partido se volvió brusco. Los alemanes, desesperados, trataban de sacar ventaja de su mayor musculatura. Comenzaron las patadas. El árbitro usaba su silbato cada vez que podía, pero la violencia lo había sobrepasado. En una jugada cerca del área francesa, F. había evitado por poco una barrida asesina de Jan Buck, quien, a su vez, recibió un rodillazo criminal de Gilbert en el muslo. Como consecuencia, Buck tuvo que abandonar la cancha lesionado y su agresor expulsado.

Fuera de la cancha renació el odio, con cada jugada violenta los ánimos se calentaban. Primero gritos, luego insultos. El propio juego era lo único que impedía a los hombres volver a ser soldados. Enemigos lo eran ya, una vez más, pero veinte hombres, corriendo en un rectángulo marrón eran capaces incluso de detener las ansias primitivas de unos hombres cuyo único objetivo era la muerte. 

En el segundo tiempo, el juego cambió. Los alemanes, más afectados por la guerra de trincheras, empezaron a resentir el esfuerzo. Sus oponentes fueron abandonando su esquema defensivo y con mucha timidez al principio y franca despreocupación después, pasaron al ataque.

F. fue el primero en intentarlo. Tomó un pase largo por la banda derecha y se deshizo con facilidad de sus dos marcadores. Entró al área enemiga y, eludiendo una desesperada barrida, disparó al marco. La pelota viajó por el aire. ¡Gol!, no… ¡Rahn! El portero alemán, con un esfuerzo sensacional desvió la pelota al tiro de esquina. Dos minutos después Langiller lo intentó nuevamente. Otra vez apareció Rahn. Unos segundos más tarde, F.. Rahn nuevamente. Mascaille. Rahn. F.. Rahn. Langiller. Rahn. Los otros jugadores alemanes ya no contaban. Ahora el duelo era entre 11 franceses y una pared, y, hasta el momento, no habían descubierto cómo traspasarla.

Disparos por todas partes. Los consejos del capitán al principio del partido habían quedado en el olvido. Los atacantes galos querían meter la pelota con portero incluido. No podían. Pasaban los minutos y el empate se mantenía. ¿Qué pasaría entonces con la pelota? Nadie había pensado en esa posibilidad. Mientras los espectadores se lo preguntaban, Rahn volaba de un poste al otro. Con las manos, con los pies y hasta con la cabeza había detenido los disparos de sus oponentes.

El campesino belga que hacía de árbitro se preparaba para terminar el encuentro. Quedaba un minuto de los cuarenta y cinco pactados. F. no estaba dispuesto a perder el duelo. Ya no se trataba del premio, era el orgullo del triunfo el que lo impulsaba a ganar el partido. Era centerhalf y soldado, soldado y capitán, capitán y líder. No anotar significaba perder la victoria y con ello la guerra. Todo esto lo sentía al mismo tiempo, y justo en ese instante, la pelota cayó frente a sus pies. Era su última oportunidad. Adelantó el balón unos metros y, tomando impulso, comenzó una portentosa carrera de un lado al otro del campo. Sus rivales ya no importaban, él era quien tenía el poder de decidir en ese momento. Nadie osaba cortarle el paso. En unos segundos llegó hasta el área contraria. Allí, frente a sí, se encontró al verdadero enemigo, al único capaz de frustrar sus ambiciones de triunfo. Pero esta vez Rahn no lo detendría. F. sacó sus últimas fuerzas y golpeó el balón con toda la rabia que le quedaba. El portero alemán buscó la pelota pero, por primera vez, ésta fue más rápida. Apenas consiguió rozarla y modificar levemente su trayectoria. F., mientras tanto, caía lentamente sin alejar los ojos del objeto que viajaba perfectamente inmóvil sobre el aire rumbo a la portería desguarnecida.

Y de pronto apareció un poste. Alto, gigantesco. Ancho como una pared. Apareció de golpe y se erigió cuadrado, orgulloso.

De dónde salió, jamás se supo. Lo cierto es que después de rebotar en la madera, la pelota, agotada por el peso de una guerra mundial, no pudo más. Cayó a un lado de la portería y se detuvo ahí, sin rebotar. Nunca más volvería a ser redonda y nunca más volvería a ser pateada. Era el último cadáver en el campo de batalla. F. cerró los ojos y se dejó descansar en el suelo. Rahn, hincado, no podía retirar su mirada perpleja del lugar donde había rebotado el balón. Los demás sólo escucharon el silbato que terminó con el juego y sintieron la terrible tormenta que comenzó después. Cada bando se retiró a su trinchera para llorar a sus muertos y curar a sus heridos.